jueves, 30 de agosto de 2018

Hace 45 años Perón hablaba en el Congreso y nos decía: "DEBEMOS COMENZAR A PENSAR EN GRANDE"








Discurso del Teniente General Juan Perón en el Salón de Pasos Perdidos del Congreso Nacional ante Legisladores de ambas Cámaras el 30 de agosto de 1973


Señores Legisladores:

    Mis palabras primeras serán para pedir disculpas por haber venido un poco tarde a conversar con los compañeros y con los señores legisladores del Congreso Nacional.
     Esto ha sido debido a que mi estado de salud durante un tiempo me obligó a permanecer tranquilo, y ahora, que ya he comenzado a tomar contacto, se me han acumulado una cantidad de compromisos, que voy a cumplir paulatinamente. Por eso, les pido disculpas por no haber dado prioridad a esta obligación tan elemental de llegar con mi saludo y mi   afecto a los señores legisladores del Congreso Nacional.
     He querido llegar hasta acá para sintetizar las ideas que surgen del conocimiento paulatino que vamos tomando de la situación nacional. Desgraciadamente, esa situación nacional no es nada alentadora. Es indudable que muchos años las instituciones han ido trastrocando sus funciones, y paulatinamente degenerando en una dirección que no es ni ha sido la más conveniente para la comunidad.
     En esto los argentinos tenemos que hablar sin reservas mentales, porque la situación se puede ir compulsando a medida que es posible ir penetrando en los distintos factores y circunstancias que juegan tanto en la situación política como en la social, económica, cultural, etcétera. Recién ahora, a base de los informes que he ido recibiendo, puedo decir con toda franqueza cuáles son las ideas que nosotros debemos contemplar en estos momentos, para encarar una solución que, con todo, no es nada fácil.
      Creo yo, y así lo he trasmitido a muchos señores -especialmente, dirigentes políticos con quienes he mantenido y mantengo un permanente contacto- que la situación de la República Argentina -y esto lo digo con la experiencia que presupone mi larga preocupación por la cosa pública durante los dos periodos constitucionales de gobierno que me ha tocado desempeñar en el pasado-, creo que la situación argentina es de tal naturaleza, que es imprescindible que todos los argentinos, deponiendo todas las pasiones que puedan habernos animado y todas las controversias que podamos haber desarrollado en el pasado, nos persuadamos de la necesidad de que todos unidos y solidarios, nos pongamos a resolver una situación que, de otro modo, puede conducirnos a un desastre futuro.

    Sería largo, y no quiero entrar en detalles que los señores legisladores conocerán perfectamente, como yo, ya que han comenzado a tomar parte de la investigación de muchos asuntos que, indudablemente, son parte de ese panorama que estoy comentando.
     Es indudable que el Gobierno, por las circunstancias conocidas, ha tenido estos cambios y variaciones. Y que al conformarse un nuevo gobierno, cualquiera sea el candidato que tome la responsabilidad, debemos asegurar para esta etapa una acción mancomunada, sin la cual el país no tendrá mucho que agradecernos. Pienso yo que el país, durante este primer Gobierno del Pueblo, es necesario que lo consideremos como en un estado de emergencia. Lo mismo que ha sucedido en otros países, que, al terminar una gran guerra o ante una catástrofe, declaran el estado de emergencia, en el cual toda otra consideración de segundo orden pasa a ser suprimida, para ir a lo fundamental, que es la salvación de la comunidad, fuera de la cual no hay solución para nadie, porque nadie ha de realizarse en una comunidad que no se realiza.
     En este sentido es que yo he querido llegar hasta los compatriotas legisladores de todos los sectores. Cada uno ha de estar animado de los mismos sentimientos, con la misma sinceridad con que deben compulsarse estos problemas. En consecuencia, se descarta la buena intención y la buena fe sin reservas mentales de ninguna naturaleza, como debemos hablar hoy todos los argentinos, si es que tenemos el deseo de que el país salga adelante, como debe salir en poco tiempo.

    Los dos Gobiernos -el que transcurrió desde el 25 de mayo y el que está actualmente en la dirección del Estado- han recibido una planificación que no es de ahora. Si nosotros recién comenzáramos a estudiar los problemas y a preparar una planificación, llegaríamos tarde. Este trabajo hace ya varios años que en nuestro Movimiento, organismos perfectamente orgánicos han venido estudiando los problemas, de manera que le Gobierno ha recibido el producto de toda esa planificación y de esos estudios, especialmente en el aspecto económico, que es por ahora uno de los más importantes, fuera del político, que es el más importante de todos.
     La solución del problema político dará lugar a las demás soluciones. Pero el problema económico es de una importancia extraordinaria. Por eso se ha venido trabajando intensamente, y todos los proyectos de leyes que se han pasado a la consideración de los señores legisladores, han sido estudiados profundamente y pertenecen a un plan de conjunto, como deben ser los planes que elaboremos en el presente, pensando en el futuro inmediato.
     Por eso yo hago de esta oportunidad, una ocasión para pedirles a los señores legisladores que contemplen y aceleren los estudios de todos los aspectos del conjunto de leyes económicas, sin las cuales hay detenidos algunos planes que solamente podrán ejecutarse a través de estas leyes. O, de lo contrario, será peor, porque habrá que hacerlo sobre contratos, diremos de intención, que no es lo mismo que poder hacer ya los contratos definitivos, porque la ayuda que nosotros necesitamos y que está en marcha, no hay que desperdiciarla, porque en esto, como en todas las ocasiones de la vida, al hierro hay que doblarlo cuando está caliente. Y en este momento, nosotros tenemos oportunidad de poder asimilar una enorme ayuda que quizá en el futuro no sea de la misma cantidad y de la misma calidad.

    Este es un periodo que yo hago a los legisladores especialmente, porque estoy siguiendo muy de cerca toda esa legislación. Hay que darse cuenta de que tampoco ésta es una legislación que fijaría con carácter definitivo, porque cualquier defecto que durante la marcha puede observarse, es susceptible de corregirse inmediatamente por una nueva legislación que los señores legisladores tendrán en sus manos y bajo su responsabilidad.
     De manera que lo que queremos es que no se pierda tiempo. Ya esto puede ponerse en marcha, y eso es de una importancia decisiva para la solución de muchos problemas que están pendientes.
     Fuera de esto, señores, yo tenía también el deseo de tratar el problema político. Ese problema político para nosotros puede ser absolutamente decisivo.
     Existen circunstancias que estaría de más que yo comentara, porque los argentinos somos pocos y nos conocemos bastante bien. Es necesario, a través de un buen procedimiento, sincero, leal y patriótico, que descarte toda posibilidad de otras desviaciones, siempre posibles, si son ayudadas por los dirigentes políticos.

    El dirigente político en la República Argentina, como en casi toda Latinoamérica, tiene un momento en la vida en que debe contemplar con gran prudencia y penetración su situación.
     Las comunidades modernas, como los pueblos, no valen ni por la cantidad de territorio, ni por la cantidad de habitantes, sino por la calidad de los dirigentes políticos que las encuadran y conducen.
     Es precisamente desde esta premisa donde las fuerzas han venido actuando por la dependencia han especulado. Y han especulado con mucha sabiduría.
     Hemos observado que desde hace muchos años los dirigentes políticos han sido objeto de una denigración permanente. Es decir, hay una organización que se ha encargado de llevar a la conciencia de mucha gente, fácil de convencer, que el político es siempre un venal, un ladrón, un sinvergüenza y un hombre que no ama a su patria. Y esto, desgraciadamente, se ha hecho cierto en muchas oportunidades, y nosotros, los políticos, hemos sido los mejores colaboradores que esas patrañas han tenido, porque nosotros nos hemos encargado de decirnos todas esas cosas todos los días, aun a sabiendas de que eran falsas y que servían a otros intereses que no eran los intereses del pueblo argentino.
     Esto, señores, es un asunto ya muy conocido y que pertenece a la historia. Y aunque no han transcurrido en algunos casos los veinticinco años que permiten las publicaciones, podemos saber perfectamente cómo se han gestado y por qué.

     Todo esto para nosotros ha comenzado en 1956, con la primera reunión de presidentes de América, que se realizó en la ciudad de Panamá y a la que concurrieron los jefes de estado de las veintiuna naciones latinoamericanas.
     En esa primera conferencia de presidentes de América, yo, que estaba exiliado en Panamá, tuve la ocasión de meter la nariz desde lejos; pero la metí porque entre los jefes que asistieron tenía buenos amigos, que en el total de la información, uno de ellos, hombre de gran claridad, me dijo: "Vea, todo esto ha sido con un solo objeto. El solo objeto con que se ha hecho esta conferencia ha sido expresado en los últimos días de la Conferencia por el presidente Eisenhower, que ha dicho como una guerra internacional entre los países latinoamericanos ya no sería posible en el futuro, pues las fuerzas convencionales -es decir, ejército, marina y aeronáutica- habrían perdido su razón de ser anterior. Pero como el comunismo era el enemigo que teníamos en el Continente, esas fuerzas debían dedicarse exclusivamente a combatir al Comunismo".
     Aprobada esta idea, se estableció una reunión de los comandantes en jefe para dos años después, en San José de Costa Rica. En el interregno, entre el 56 y el 58, se invitó a los jefes a las visitas consabidas, y en el Pentágono probablemente les hicieron el lavado de cerebro correspondiente, se establecieron cursos especializados de las fuerzas del Caribe en el canal de Panamá, y dos años después se realizó la conferencia de San José.
     Pero lo importante viene después. A raíz de eso, todos los países latinoamericanos cayeron en manos de dictaduras militares. Las consecuencias las sacará cada uno de ustedes.
     Y es curioso que juntamente con esa acción, donde indudablemente ha habido cuestiones inconfesables, arreció de una manera tremenda el ataque contra los dirigentes políticos de toda Latinoamérica. Los diarios, revistas y, como digo, desgraciadamente nosotros mismo, nos encargamos de sacarnos el cuero mutuamente, en favor de una causa que realmente era una infamia. Por eso creo yo que contra toda esa existencia debemos reaccionar. Ya no es posible que sigamos nosotros sirviendo a intereses hábilmente tramados, pero que van tras finalidades contra las cuales todos nosotros estamos decididos a combatir. Es decir, una dependencia bajo la cual ningún país podrá realizar su propio destino.
     Pienso yo que esas circunstancias han de ser conocidas por el pueblo argentino, y especialmente por nosotros, los políticos, tan denigrados durante tantos años, a pesar de todos los sacrificios que hemos soportado para servir de alguna manera a la patria, de la manera en que cada uno de nosotros la entiende.

    Señores, podría comentar que el haber estado tantos años lejos de país, me ha permitido conocer muchas cosas que aquí, con el tráfico gallináceo de firmar decretos de todos los días en la Casa de Gobierno, no se puede conocer. Pero nosotros debemos comenzar a pensar en grande. Ese juego de enanos que se ha dado en muchas oportunidades, tenemos que abandonarlo. Tenemos que empezar a pensar que formamos parte de un Continente cuyo destino es envidiable, aún para los superdesarrollados, que se están quedando sin riquezas naturales, y pensando que nosotros, los que disponemos de esas reservas, seremos los ricos del porvenir, en tanto ellos serán los pobres del futuro.
     Este es un proceso que está en marcha desde que terminó la segunda guerra mundial. Es decir que los que han destruido ecológicamente sus zonas de supervivencia, echan sus ojos hacia las zonas de grandes reservas que todavía existen en la Tierra, no porque hayamos sido muy previsores para no destruirlas, sino porque no hemos tenido ocasión de hacerlo.
     Pensemos en esta gran enseñanza, porque la etapa que viene de acá al comienzo del siglo XXI -el temido año 2000- ha de ser de grandes previsiones, si no queremos sucumbir. De ahí que nuestra política internacional ha de estar dirigida a la unidad latinoamericana y a la conformación de un Continente unido, solidario y organizado para defenderse.

    Nada hay hoy más importante en política internacional que eso, porque si no nos organizamos y preparamos para defendernos, nos lo van a quitar todo..., por teléfono si es necesario. Hay que pensar, señores, en que ya el mundo (y sobre todo, los grandes países) están pensando en que ésta evolución que nosotros hemos presenciado, va a desembocar, quizás antes de que comience el siglo XXI, en una organización universalista que reemplace al continentalismo actual. Y en esa organización universalista se llegará a establecer un sistema en que cada país tendrá sus obligaciones, vigiladas por los demás, y obligado a cumplirlas aunque no quiera, porque es la única manera en que la humanidad puede salvar su destino, frente a la amenaza de la superpoblación y de la destrucción ecológica del mundo.
     Es así que nosotros debemos comenzar a pensar, también, que ese universalismo ha de ser organizado por alguien; y que si nosotros no nos disponemos también a intervenir en la organización de ese internacionalismo, todos nuestros años de lucha por liberarnos serán inútiles, porque si los imperialismos actuales imponen el ritmo de esa universalización, lo harán a su provecho, no en el nuestro.
     Por eso pienso que frente a los enormes problemas que los argentinos de la generación que nos sigue a nosotros deberán resolver, son de una importancia tal, y tan llenos de peligros y de acechanzas, que si no se los descarta por una acción que comencemos desde ahora, es probable que lleguemos en retardo a la solución de esos problemas, y que, en consecuencia, paguemos también como pagan todos los que llegan tarde.

    Señores: yo no quiero abundar sobre estos problemas; pero lo que sí quiero, es tratar de despertar en el ánimo de los argentinos que debemos unirnos para resolver estas minucias de nuestra política interna, porque tenemos delante de nosotros una juventud a la cual tendremos que legarle algo positivo, y lo positivo que podemos legarle es lo que hagamos para las soluciones del futuro mediato. Si no, la juventud tendrá un día derecho a decir que nosotros hemos sido unos patanes que no hemos sabido resolver un problema que en ese momento ellos verán con una claridad meridiana. Seamos capaces de pensar, seamos capaces de prever, y empeñémonos en las empresas importantes, con todo el empeño que debemos poner, dejando las cosas subsidiarias y secundarias -como es la política interna-, para resolver entre amigos que buscan y quieren un destino común.
     Nuestro Gobierno ya está dentro de estas orientaciones, y el Poder Ejecutivo está obrando dentro de ellas. Es así que hemos corregido muchas cuestiones que nos presentaban equívocamente frente a un mundo que nos está observando.
     Dentro de pocos días se realizará la segunda reunión de países no alineados. Nosotros estamos y estaremos allí, estaremos dentro del concepto de lo que esa gente defiende: un tercer mundo. Un tercer mundo que en el futuro no dejará que los imperialismos puedan resolver el problema de la organización universal en su provecho y beneficio, y en perjuicio de todos los demás.

    No somos fuertes, pero somos muchos. Hace treinta años, de este país salió la idea de una tercera posición, enunciada en 1944. Como digo, lanzada en 1944, cuando estaba terminando la guerra. En consecuencia, para esta clase de pensamientos no estaba el horno para bollos. Cayó aparentemente en el vacío, y hasta hubo algunos, ingenuos en el fondo, que se rieron de nosotros.
     Pero han pasado treinta años, y hoy las tres cuartas partes del mundo están decididas y encaminándose hacia ese tercer mundo, que ha de ser salvador, porque no está tras los objetivos mezquinos que los imperialismos han sostenido, sostienen y sostendrán en el futuro.
     Yo pienso, señores, que en eso es el lo que no podemos dejar de estar en claro.

    Ahora, con referencia a esa politica interna que también entre nosotros tiene su importancia -salvando, sin duda, ese gran plafond donde debemos poner la inspiración y el pensamiento para ese futuro al que debemos y tenemos derecho a aspirar-, es indudable que ha llegado el momento de que la política argentina cambie totalmente. Seguiremos respetando, indudablemente, los principios democráticos en los que se ha fundado nuestra nacionalidad.
     Pero no dejaremos de obedecer también a esa evolución que nos lleva hacia otras direcciones, que no son las mismas. La democracia tiene en su concepción integral, infinito número de gradaciones y de matices. Se pueden cumplir, como se han venido cumpliendo en todas las etapas de la evolución de la humanidad.
     Un Medioevo creó su sistema, el sistema feudal. Las nacionalidades crearon su sistema demoliberal. El continentalismo crea su sistema eminentemente social.
     El hombre no interviene sino subsidiariamente en la evolución. La evolución es obrea del determinismo, y a veces del fatalismo histórico. El hombre cree que él lo hace. ¡Pobre ingenuo! Él sólo crea un sistema periférico, para poder, como una montura, acomodarse y cabalgar sobre la evolución y sobre la etapa de la evolución que le toca vivir.
     Así hemos sido feudales, demoliberales, socialistas hoy; porque el mundo va, indudablemente, en esa dirección, y no sabemos qué seremos en la etapa universalista, que está más próxima de lo que todos nosotros imaginamos.

    El Medioevo duró quinientos años, pero se andaba en carreta. En la época del automóvil, el demoliberalismo duró dos siglos, el diecinueve y veinte. El continentalismo, en la época del jet, ¡quién sabe si llega al año dos mil! Empezará un nuevo sistema, que ha de caracterizar las nuevas formas de la organización universal, en la que todos los países han de comprometer sus destinos, si no quieren sucumbir.
     Porque este problema se resuelve de dos maneras: buscando la solución geopolítica que permita una mayor producción y una mejor distribución de los medios de subsistencia; ése es un camino. El otro es la bomba de cien megatones, que también será una solución, si la insensatez de los hombres no ha acertado a resolver el problema por la vía geopolítica.
     Me temo mucho que eso pueda suceder, porque veo cómo se comienzan a defender las formas, desde ahora, de una situación injusta para el noventa por ciento del mundo. Es allí donde debemos inspirar nuestra política, sin ocuparnos inútilmente de las palabras. No; son los hechos los que han de movilizar nuestra acción y nuestra conciencia, no las palabras.
     En esto la política interna de nuestro país ha de cambiar, como cambian todas las democracias modernas. Hoy es imposible congeniar los partidos políticos de hace un siglo y aun de hace medio siglo, donde las formas falsas de la política habían llegado a conseguir que un argentino pudiera ser mortalmente enemigo de otro argentino.
     Hoy eso, señores, es inaceptable; es inaceptable acá y en Budapest. Ya eso es cosa pasada para el mundo. Hoy, las formas de lucha política son totalmente diferentes. Se hacen todas orientadas con un solo objetivo: el bien del país en el que cada uno pone su idea, sea de extrema derecha o sea de extrema izquierda, no interesa de dónde, siempre que sea una idea que pueda ponerse al servicio del destino y de la grandeza del país.
     Eso es lo que pretendemos, señores, nosotros, si es que ganamos.

    Señores: si fuera otra fuerza política la que obtuviera el triunfo en las elecciones y se hiciera cargo del gobierno, para nosotros sería igual, en las circunstancias en que nos encontramos. Pondremos sin ninguna clase de sectarismos y sin exclusiones de ninguna naturaleza, la posibilidad de que cada argentino bien intencionado, venga con el rótulo que venga, pueda intervenir en la acción de gobierno, ya sea en lo legislativo como en lo ejecutivo.
     Nosotros haremos posible que todos los argentinos, cualquiera sea su matiz político, pueden intervenir en la defensa de la cosa pública, respetado por las demás fuerzas. Nunca he visto ese respeto a las minorías del que se habla, porque lo he oído citar desde que tengo uso de razón. Pero lo he visto atropellar, también desde que tengo uso de razón. No he conocido ningún sistema argentino -y tengo ya setenta y ocho años, dentro de pocos días-, no he visto que se le diera la menor importancia, y como dicen los muchachos, que se diera corte a las minorías, lo que es injusto y lo que no debe ser. Los grandes valores que la inteligencia pone en los hombres, no indican que han de estar en la mayoría o en la minoría: están en todas partes. Es necesario que eso sea lo que juntemos y acopiemos para llevar adelante al país: materia gris en la mayor cantidad posible para llevar adelante el país, siempre que esté calificada con la honradez y la lealtad que el país debe exigir a cada uno de sus hijos.
     Señores: yo no quiero abrumarlos a ustedes con muchas otras cuestiones que podríamos desarrollar dentro del panorama nacional. Me basta con pocas líneas sintéticas para fijar de una manera general la orientación general la orientación que el Movimiento Justicialista y el Frente Justicialista de Liberación Nacional tratan de desarrollar, y de pedirles a todos los dirigentes políticos de las otras fuerzas políticas, que sean nuestros amigos y nos acompañen en la tarea que es común.

    Pensando en lo que hay que realizar, ningún esfuerzo realmente útil para el país puede ser despreciable.
     Yo he querido llegar a ustedes con estas palabras, que reafirman, de la manera más absoluta, que nuestro gobierno, si es que triunfamos, será un gobierno de emergencia, porque la situación también es de emergencia. En ese gobierno de emergencia haremos lo que en los casos de emergencia hay que realizar: llamaremos a todos los argentinos, y pondremos en su posibilidad de hacer cada día algo por la felicidad de nuestro pueblo y la grandeza de nuestra Nación.
     Yo quiero que todos los argentinos sepan que nuestro Movimiento ni es sectario, ni es excluyente. Hemos dado prueba de ello a lo largo de treinta años. Todo el que ha querido llegar a nuestro Movimiento, ha llegado, y ha tenido el mismo derecho que todos los demás, porque yo no creo que los movimientos sirvan solamente, como dicen algunos, con los de la primera hora. Sirven con los de todas las horas, y eso es lo que nosotros buscamos.
     Y si en esa etapa de emergencia somos capaces de olvidar y echar a la espalda todas las pasiones que hayan podido producirse en el pasado, recién contaremos con el espíritu suficiente para encarar una tarea con la solidaridad que el propio patriotismo nos está exigiendo.


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