Como homenaje al gran pensador nacionalista les ofrecemos, a nuestros lectores, una carta que el linqueño le envió a Ernesto Sábato en donde puede apreciarse un Jauretche auténtico, mordaz y brillante, como siempre.
CARTA DE JAURETCHE A ERNESTO SABATO
Estimado amigo:
Acabo de leer en el número de hoy de Marcha, de Montevideo,
una síntesis de la nota sobre las torturas que usted publicara como director de
Mundo Argentino, así como la secuela radiotelefónica y periodística del
episodio.
Le estaba debiendo a usted la contestación de la afectuosa
carta que me dirigiera al enterarse de mi partida de Buenos Aires, pero debo
confesarle que no estaba en mi ánimo el hacerlo al verlo continuar en ASCUA.
Su valeroso gesto de esta oportunidad lo libera ante mí de
los cargos que le hacía. Ya sé que usted pensará que puede hacérmelos a mí por
muchos silencios, pero antes de ahora le he expresado la convicción en que viví
durante los últimos años, de que cualesquiera fueran los errores y faltas que
se cometieron entonces no importaban para el país el seguro desastre que
sobrevendría de alterarse el orden vigente y querido por las mayorías
populares.
Preví que detrás de la protesta de muchos sinceros estaban
en acecho fuerzas más poderosas que se apoderarían fatalmente del comando para
intentar la restauración del orden colonial de la “década infame”.
Preví también, y lo dije en mi clausurado periódico El 45,
cuál sería la reacción del pueblo profundamente politizado, para la defensa de
sus conquistas y, asimismo, que ésta desencadenaría la persecución de todos los
sectores adscriptos a cualquiera de los tres lemas que encarnan el sentido de
esa politización: liberación económica, justicia social y soberanía popular.
Los hechos han confirmado mis previsiones y justificado la
posición que entonces me criticaba y, lo que ha pasado a los peronistas pasará
a los nacionalistas y a los demócratas auténticos, desde Amadeo a Frondizi y le
sucederá también a los sectores marxistas, una vez que cambie la línea táctica
que hace coincidir a Londres con Moscú en el Río de la Plata.
Marginalmente le diré que esa coincidencia no es muy visible
dentro del país, porque el gobierno hace declaraciones enfáticas contra los
comunistas y parece perseguirlos ––tratando de desorientar a Washington que en
materia de sutileza no ha inventado la pólvora–– y porque los comunistas,
tratando de lograr algún prestigio entre los obreros, ensayan conatos de
resistencia...
Quiero ahora comentarle su último libro: “El otro rostro del
peronismo” con que Ud. contesta a la última publicación de Mario Amadeo. Debo
decirle que por más que supere la adversa posición que tenemos en política,
lamento que Ud., que tiene formación dialéctica, haya recurrido a la
interpretación, inaugurada en nuestro país por Ramos Mejía, de querer resolver
las ecuaciones de la historia por el camino de las aberraciones mentales y
psicológicas.
Por aquí anduvo Borges tocando el mismo instrumento, a base
de complejos de culpa y necesidades masoquistas. Después vino Martínez Estrada
que anduvo también por la huella de ese trillado resentimiento, aunque lo hizo
enfermedad continental, desde luego excluyendo los rubios. Max Dickman fue más
prudente y sólo nos ayudó diciendo que la Revolución Libertadora había ubicado
en el presupuesto a la mayoría de los intelectuales. Palacios, en cambio, está
muy silencioso, tal vez porque después de una larga vida administrando la
lágrima en dosis para viuda, se encuentra un poco en descubierto...
No, amigo Sabato. Lo que movilizó las masas hacia Perón no
fue el resentimiento, fue la esperanza. Recuerde Ud. aquellas multitudes de
octubre del 45, dueñas de la ciudad durante dos días, que no rompieron una
vidriera y cuyo mayor crimen fue lavarse los pies en la Plaza de Mayo,
provocando la indignación de la señora de Oyuela, rodeada de artefactos
sanitarios.
Recuerde esas multitudes, aún en circunstancias trágicas y
las recordará siempre cantando en coro ––cosa absolutamente inusitada entre
nosotros––y tan cantores todavía, que les han tenido que prohibir el canto por
decreto-ley. No eran
resentidos. Eran criollos alegres porque podían tirar las
alpargatas para comprar zapatos y hasta libros, discos fonográficos, veranear,
concurrir a los restaurantes, tener seguro el pan y el techo y asomar siquiera
a formas de vida “occidentales” que hasta entonces les habían sido negadas...
Es una broma trágica que quienes se vuelven contra su país
al sentirse frustrados, no se vuelvan contra quienes lo frustraron
deliberadamente.
Cualquier ensayo de la realidad argentina que prescinda del
hecho fundamental de nuestra historia, es sólo un arte de prestidigitación que
hurta los términos del problema, que están dados por la gravitación británica
en sus tres etapas:
1º) Tentativa de
balcanización, parcialmente lograda;
2º) Promoción del
progreso en el sentido del desarrollo unilateral agrícola-ganadero (para crear
las condiciones de la granja), y
3º) Oposición a la
integración industrial y comercial de nuestra economía, para mantenernos en las
condiciones óptimas de la segunda etapa, con un país de grandes señores y
peones depata al suelo y una clase intermedia de educadores, profesionales y
burócratas para su instrumentación.
Deje pues eso del resentimiento y haga el trabajo serio de
que Ud. es capaz y que el país merece. No importa lo que diga de nosotros, pero
no eluda el problema de fondo o no lo mencione sólo incidentalmente. Es Ud.
mucho más que Ghioldi o un Sánchez Viamonte, para usar la técnica que esos
intelectualoides ya utilizaron contra el otro movimiento de masas, también
“resentidas”, que acompañó a Yrigoyen, el otro dictador. (Lo remito a la
literatura periodística y a los ensayistas de la época.)
Más lógico hubiera sido en Ud. señalar la coincidencia entre
estas dos épocas, las dos grandes
guerras y el proceso de industrialización y plena ocupación que, al permitir
levantar el nivel de vida de las masas, les dio acceso a la acción política,
con sus demandas nacionalistas y de justicia social, fenómeno del que los
conductores fueron más efecto que causa.
Percibiría también las profundas analogías entre septiembre
de 1930 y septiembre de 1955, aunque sus autores momentáneos parecieran en un
caso ultramontanos y en el otro jacobinos. El vencedor imperial fue siempre el
mismo.
Considere estas líneas como las objeciones modestas de un
hombre que ha vivido bastante el proceso político de su país, ya que me
considero excluido del riesgo de pasar por intelectual, ni en la Confederación
de Baldasarre ni en ésta que ha inventado este señor Erro que riega con los
frutos de su riñón de pensador todos los salones de conferencias disponibles y
todas las audiciones radiales, aunque tenga que aguantarse hasta la noche para
cumplir su higiénica función.
Deje que los intelectuales, tipo Mayo y Caseros, le metan
fierro a los caudillos y a los “negros”. Pero son los negros los que nos
volverán a salvar de esa economía pastoril ordenada en inglés y expresada
bovinamente por el último producto de la ganadería que destapó la reciente
exposición rural: el inteligente señor Blaquier.
Bromas aparte. Yo le conozco el espíritu de luzbelito que
seguramente Erro no le conocía y no creo que Ud. haya escrito en serio ese
libro. Hasta me sospecho que lo ha hecho para darse el gusto de contestarse,
con el trabajo serio que esperamos de Ud.
El ochenta por
ciento de los argentinos y Ud. entre ellos, coincidimos en lo fundamental: la
liberación nacional, la justicia social y la soberanía del pueblo. Unos marcan
más el acento sobre una de las consignas y otros sobre otras. Nuestras
diferencias en este momento dramático son adjetivas con respecto a lo
fundamental pero entretanto, una mano extranjera organiza el cipayaje y los
vendepatrias.
Estamos dispersos
y en campos encontrados pero debemos coincidir, aunque más no sea en el terreno
de las ideas, para una defensa elemental.
Quisiera que Ud.
interpretase en cuánto estimo su valeroso gesto como periodista. Pero con la
misma lealtad debo decirle, en cuanto creo que lo desmerece, su mal paso como
escritor.
Sus nuevos
enemigos cargarán en su cuenta esta adhesión al primero y no le estimarán esta
disensión al segundo. Cualquiera sea la impresión que le cause esta carta,
recuerde que sigo considerándome su amigo.Arturo Jauretche
Montevideo, septiembre de 1956."
En Arturo Jauretche, Los profetas del odio, Trafac, Buenos
Aires, 1957, pp. 14-21

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